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El júbilo se disipó en una cola de casi medio kilómetro

El júbilo se disipó en una cola de casi medio kilómetro

Foto: SP

Foto: SP

El día no laborable propició una nutrida fila de compradores a los que les retuvieron las cédulas 

Salvador Passalacqua
@spassalacqua

Nadie entiende por qué las campanadas suenan a la 1:13, pero nadie lo cuestiona. El estropeado reloj del supermercado Unicasa, en el centro comercial Plaza Mayor de Lechería, retumba en la cola de más de 400 metros que abarrota la avenida Camejo Octavio y la R-9. Cada vez más gente se acomoda, bajo una sombrilla de playa, con banquitos de plástico, sobre almohadas o con los pies descalzos a la orilla del canal que bordea la acera. Nadie entiende por qué transcurre tan penoso un día de júbilo, pero nadie lo cuestiona.

Todavía se habla de la venganza de "la tribu". Que le ganaron a la navecita allá, en su propia casa, que fueron ocho a tres, que ese jonrón de Endy Chávez... En la fila para comprar dos kilos de leche completa y uno de leche de fórmula para bebés, confluyen los más locuaces comentaristas deportivos amateur y también los más desentendidos del asunto. El decreto de día feriado del gobernador Aristóbulo Istúriz fue aprovechado por los trabajadores del sector público y privado para adquirir el alimento básico, que en la década pasada se exhibía abundante en pequeñas bodegas y que ahora se vende hasta racionado por cucharadas. 

Hay números para todos, dicen. "Esto deberíamos celebrarlo más que lo de Caribes", propone Yesenia Brito, recién llegada de Puerto Ordaz, estado Bolívar, porque cree más fácil la caza de productos básicos en Anzoátegui: "Donde yo vivo es peor. Prefiero quedarme el fin de semana en casa de mi familia, que vive en Barcelona, y salir a ver qué consigo". Su hermana, Solimar, finalmente pudo acompañarla en la faena. Hoy no trabajó. 

A sus 58 años, la señora Dilcia se declara "antideportiva". Acaba de enterarse de que Caribes ganó su segundo título de la Liga Profesional de Béisbol. Prefiere reservarse el apellido. Lo considera difícil de pronunciar y escribir. "Soy hija de extranjeros. Te enseñaría, pero no tengo mi cédula. Me la quitaron. En eso es que debería montarse el gobernador: en explicarnos por qué nos dejan así". Han pasado dos horas desde que un muchacho uniformado le quitó su documento de identidad, sin más, y a cambio le dio un papel con el número 320.

La retención de la cédula forma parte de un nuevo método de los abastos estatales para controlar la venta. Una vez con número en mano, nadie puede irse hasta que le llegue el momento de comprar. Solo entonces la devuelven. Las cadenas privadas comenzaron a imitar la medida esta semana en la zona norte, aumentando la dosis de hastío en las colas. Dilcia cabecea y trata de ubicar con la mirada el verde oliva de los cinco guardias nacionales para verificar cuánto ha avanzado la doble fila, cuyo punto último es la taquilla externa del establecimiento.

Con solo dos espaldas frente a ella, la joven Elennys Acosta se despreocupa y se distrae con su celular: "Pensé que hoy iba a dormir todo el día, pero aquí estoy". "Puro hablar y jugar Candy Crush", se queja su papá, antes de retomar la conversación con el vendedor de té frío a su lado. Se vuelve a poner la gorra de Magallanes y le confiesa, a medio reír, que lo mejor del último inning fue la fanfarria de Venevisión. Suena cada vez que hay nuevo presidente. 

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