La dignidad no tiene Starlink; por José Ignacio Gerbasi / @jgerbasi

A veces la tragedia tiene una forma asquerosa y perfecta de desnudarnos. Cuando la tierra tiembla con esa furia brutal de un doble terremoto que fractura el suelo bajo nuestros pies, cuando el rugido derrumba lo construido y se traga lo que encuentra a su paso, se caen también las apariencias y las jerarquías de cartón. En ese instante de caos absoluto, de escombros y pérdidas irreparables, las camionetas último modelo, las antenas Starlink fijadas al techo y las membresías de los clubes privados de La Guaira —el burdo equipamiento de los enchufados— se vuelven basura inútil. En el epicentro del desastre, lo único que tiene valor real es la humanidad pura, esa que casi siempre viene con los pies descalzos, las uñas sucias de barro y la piel quemada por el sol caribeño.

Durante años, la condescendencia y el clasismo han construido una frontera invisible. De un lado, los cómplices del poder y los beneficiarios de la crisis que bajan a la costa buscando el oasis de su burbuja, mirando de reojo y con sospecha al muchacho que corre olas, al pescador que huele a carnada o a la mujer de manos gruesas que fríe empanadas para sobrevivir. Se les juzga por el aspecto, por el tono de voz, por la ropa desgastada. Se les condena al banquillo de los invisibles. Pero el sismo no sabe de privilegios corruptos ni de impunidad. Mientras el régimen muestra su cara más incompetente y malvada, paralizado por la indolencia, incapaz de rescatar a su propia gente y más ocupado en resguardar sus lujos que en salvar vidas, los roles se invierten con una violencia psicológica que estremece. Quienes ayer miraban con superioridad desde sus vidrios ahumados, hoy se descubren indefensos, con el agua al cuello, entendiendo que toda su complicidad y su dinero sucio no pueden mover una piedra. En ese segundo de pánico, la mano que los saca del fango no es una mano perfumada ni un funcionario del Estado; es la mano agrietada del pescador, el brazo del surfista que desafía la corriente y el pecho solidario de la vendedora de empanadas.

Ellos no esperan instrucciones de la burocracia indolente de una dictadura fallida que siempre llega tarde y solo aparece para robarse el crédito. Se lanzan al desastre con lo que tienen: un trozo de mecate, un pico mellado, una pala y, la mayoría de las veces, con las uñas y las manos desnudas. Retiran escombros desafiando la desidia oficial, no por una foto en redes sociales o una migaja del poder, sino porque entienden que la vida del vecino es su propia vida. Recuperar un cuerpo de entre las ruinas no es solo un rescate técnico; es un acto de amor rabioso para devolverle la dignidad a una familia destrozada. Y cuando uno de estos surfistas emerge del lodazal cargando a un perro tembloroso o a un gato empapado, sosteniéndolo como si fuera el tesoro más grande del mundo, la escena rompe cualquier cinismo. En ese instante, ese muchacho no está chapoteando en el fango; está surfeando la ola más grande y de mayor riesgo de su vida, porque sabe que salvar a ese animal es salvar la última pizca de inocencia que nos queda.

En esta hora tan oscura, frente al abandono y el bloqueo de un sistema perverso, esa fuerza bruta del rescate popular ha encendido una chispa que cruza fronteras. Al esfuerzo titánico de nuestra gente en la calle se suma el latido de la solidaridad internacional, sintiéndose con fuerza a través del gran operativo y campaña "Todos por Venezuela". El llamado de auxilio de los que no tienen nada ha movilizado a miles de hermanos que, desde fuera, saltan por encima de las trabas del régimen para hacernos llegar ayuda, demostrando que la empatía es una marea imposible de detener por ninguna tiranía. Es la prueba de que el dolor nos conecta y nos une en una sola causa de reconstrucción nacional.

Este país no se va a reconstruir desde las oficinas con aire acondicionado de los opresores, ni con los discursos de quienes teorizan desde la comodidad del exilio dorado o la complicidad interna. La verdadera reconstrucción, la que late con fuerza, está en el lodo. Estos héroes descalzos de La Guaira, que han visto la muerte de cerca y lo han perdido todo pero se niegan a perder la empatía, son los que verdaderamente sostienen el alma de la nación. Ellos, junto con María Corina, reflejan la verdadera reserva moral del país, esa dignidad indomable que no se arrodilla, que no se vende por migajas y que se faja en las peores circunstancias. Es esa complicidad silenciosa entre el liderazgo con coraje y el pueblo que rescata con las manos la que nos demuestra que la esperanza no es una palabra bonita, sino una fuerza física e imparable. Esa es la dignidad real, la de abajo, la que no se quiebra ante la maldad y la que, tarde o temprano, nos llevará de vuelta a la libertad.

De la mano de Dios, Vamos por más...

@jgerbasi

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