El tributo de la mediocridad: La toxicidad del micropolitiqueo frente al reto democrático

En la dinámica sociopolítica de Venezuela, el momento exige seriedad histórica, disciplina estratégica y una madurez ciudadana a la altura del reto. Mientras equipos de trabajo, plataformas organizadas y activistas comprometidos avanzan minuciosamente en la construcción de capacidades para la transición —depurando registros adulterados, impulsando la auditoría ciudadana y articulando la premisa fundamental de «un ciudadano, un voto»—, un fenómeno nocivo intenta sabotear este esfuerzo desde las sombras del anonimato y la irresponsabilidad.

Se trata de la proliferación de pequeños grupos vociferantes: parcelas sin estructura formal, carentes de legitimidad democrática y guiadas únicamente por proyectos políticos personalistas y voluntaristas. Movidos por egos hipertrofiados, ambiciones estériles e intereses personales o grupales minúsculos, estos actores no incluidos en equipos políticos partidistas ni en ONG comprometidas se erigen a sí mismos en jueces morales de una causa en la que no construyen, pero de la cual pretenden ser dueños absolutos.

La primera forma de corrupción es asumir un cargo para el cual no se está preparado; sustituir la competencia técnica por excusas e improvisación ya es una traición a la confianza pública.

Esta máxima cobra una vigencia devastadora frente a quienes, careciendo de formación, estructura y representatividad, pretenden tutelar el destino democrático de toda una nación mediante la descalificación del trabajo ajeno.

La trinchera digital de la impotencia y las agendas oscuras

El espacio preferido de esta dinámica destructiva ha sido la mensajería instantánea. Grupos de WhatsApp que nacieron para coordinar esfuerzos, difundir información fidedigna u organizar la acción comunitaria se ven paulatinamente convertidos en auténticos campos de batalla ciudadanos. Desde la comodidad del teclado y amparados en la ausencia de costo político y rendición de cuentas, estos voceros de la fractura lanzan infundios, calumnias y sospechas contra dirigentes, activistas y organizaciones que operan día a día sobre el terreno.

Lejos de tratarse de desahogos aislados o dinámicas inofensivas, con frecuencia estos grupos, comentarios y campañas responden a oscuros propósitos estratégicos. Operan, conscientemente o por útil manipulación, alineados a la agenda de los sectores que controlan el poder, cuyo principal objetivo es fracturar la unidad democrática, sembrar la desconfianza generalizada y desmovilizar a la ciudadanía. Al asumir el rol de agentes funcionales al régimen, estos grupúsculos convierten la intriga en una herramienta de control indirecto.

Desconocen —a menudo por ignorancia deliberada o por mera incapacidad técnica— las complejas estrategias de resistencia y organización que requieren reserva, método y rigor. Para estos grupos, la política no es la construcción de consensos ni la preparación seria para el ejercicio del gobierno, sino el ejercicio reactivo y destructivo de señalar al otro. Incapaces de sumar, optan por dividir; incapaces de liderar con solidez, optan por vetar y desmoralizar.

Esta actitud no representa ni de lejos al país que aspira a un cambio político positivo. Por el contrario, se convierte en un foro endogámico donde minorías ruidosas terminan hablándose a sí mismas, creyendo erróneamente que el eco de sus propios chats equivale a la opinión pública. La ciudadanía real, fatigada del ruido estéril y enfocada en soluciones tangibles, termina repudiando a estos auténticos agentes de la desesperanza.

La responsabilidad histórica de desmarcarse de la mediocridad

La crítica es indispensable en cualquier proceso democrático, pero pierde toda validez cuando nace de la frustración no canalizada, la envidia o la impotencia de quienes no aportan soluciones. En palabras célebres de Eleanor Roosevelt:

«Las grandes mentes discuten las ideas; las mentes promedio discuten los eventos; las mentes pequeñas discuten con la gente.»

Cuando la discusión pública se degrada al nivel de descalificar al aliado porque no responde a una agenda personalista, se le hace un flaco favor a la libertad y se termina sirviendo, intencionalmente o no, a los intereses del autoritarismo. La crítica infundada, en última instancia, no es más que un tributo involuntario que la mediocridad rinde al talento y al trabajo constante.

El momento actual exige deslindar con firmeza entre la discrepancia constructiva y la difamación destructiva. Reorganizar las fuerzas políticas y devolverle el valor sagrado al voto requiere sobriedad, alineación estratégica, preparación técnica y una altísima responsabilidad ética. Quienes opten por la trinchera del chisme, la intriga funcional al régimen y el sabotaje digital no solo quedarán al margen del proceso histórico, sino que la historia los recordará como aquellos que intentaron socavar la confianza en la libertad por no estar a la altura de las exigencias del país.

Por: Pedro Galvis / @pgalvisve

Redacción

Portal integral de información, análisis y noticias, creado en Venezuela. Ofrecemos contenido diverso que abarca temas nacionales, regionales e internacionales, así como secciones dedicadas a tecnología y sostenibilidad. Mantente informado con nuestras actualizaciones y análisis profundos sobre los acontecimientos más relevantes.

https://elmercurioweb.com
Siguiente
Siguiente

La dignidad no tiene Starlink; por José Ignacio Gerbasi / @jgerbasi