José Gerbasi: El viento en contra y la Venezuela que está por nacer;
Hay momentos en la historia de los países en los que la resistencia deja de ser simplemente un obstáculo y comienza a convertirse en una prueba de carácter. La física lo sabe desde hace millones de años: un avión no despega porque el viento desaparece, despega precisamente porque encuentra resistencia. La fuerza que parece querer derribarlo es, paradójicamente, la misma que le permite elevarse. Quizás Venezuela esté atravesando exactamente ese momento.
Durante demasiado tiempo hemos confundido el cansancio con la derrota, el silencio con la paz y la ausencia de problemas con el progreso. Pero una nación también puede estar cansada y seguir avanzando; puede estar herida y seguir de pie; puede haber perdido casi todo y conservar aquello que ninguna tiranía consigue confiscar por completo: la voluntad de volver a ser libre.
La adversidad tiene una extraña pedagogía. Viktor Frankl, después de sobrevivir al horror de los campos de concentración, escribió que al ser humano pueden quitarle casi todo, pero permanece la capacidad de elegir la actitud frente a lo que vive. Esa idea debería resonar hoy en cada venezolano: no escogimos muchas de las tormentas que nos tocaron, pero sí podemos decidir qué país construiremos cuando pase el temporal.
Y aquí está la verdadera dimensión del momento que vivimos. La discusión ya no puede limitarse a quién ocupa un edificio, quién firma un decreto o quién negocia en una mesa. El desafío es infinitamente mayor: decidir qué clase de país queremos reconstruir. Porque cambiar un gobierno sin cambiar las estructuras que destruyeron la confianza, la institucionalidad y el mérito sería apenas cambiar el nombre del naufragio.
La transición que Venezuela necesita no puede ser una operación de escritorio ni un reparto de cuotas entre quienes se consideran propietarios de la política. Tiene que ser una transición con ciudadanos, con instituciones, con reglas, con justicia y con elecciones verdaderamente libres. No porque suene bonito, sino porque una democracia que nace excluyendo a la sociedad que la hizo posible comienza su existencia con una contradicción fatal.
Una elección no puede ser el maquillaje de una estructura intacta. Tiene que ser la expresión de ciudadanos que vuelven a sentir que su voto sirve para algo. Y reconstruir no significa solamente levantar edificios, producir petróleo o reparar carreteras. Significa reconstruir la confianza, la justicia, la educación, la seguridad, el mérito y la dignidad de quien trabaja y espera que el Estado deje de ser una amenaza para convertirse nuevamente en servicio.
Hasta una tragedia como los terremotos puede terminar revelando una verdad incómoda: cuando las instituciones fallan, la gente aparece. Los vecinos organizan, auxilian, comparten, rescatan y sostienen. La solidaridad ciudadana puede salvar vidas, pero no debería tener que sustituir permanentemente las responsabilidades del Estado. Un país normal no puede depender eternamente de héroes improvisados para resolver lo que instituciones competentes deberían prevenir y atender.
Por eso la reconstrucción de Venezuela no puede ser solamente material. Tiene que ser moral e institucional. Y debe hacerse con quienes durante años sostuvieron este país a pesar de todo: los que se quedaron, los que emigraron, los que regresarán, los que trabajaron en silencio, los que votaron, los que resistieron y, sobre todo, los que todavía creen que vale la pena reconstruir.
Decía Winston Churchill que “el éxito no es definitivo, el fracaso no es fatal: lo que cuenta es el coraje para continuar”. Quizás esa sea una de las lecciones más importantes de este tiempo. Venezuela no necesita otra generación acostumbrada a sobrevivir. Necesita una generación decidida a vivir, progresar y recuperar el derecho elemental a construir su futuro.
El viento sigue soplando en contra. Pero quizá ese sea precisamente el punto.Porque un avión no aprende a volar cuando desaparece el viento. Aprende a volar enfrentándolo.
Y un país tampoco comienza a renacer cuando deja de tener problemas.
Comienza a renacer cuando sus ciudadanos deciden que los problemas ya no van a determinar su destino.
Venezuela tiene heridas profundas, pero todavía tiene algo mucho más poderoso: millones de personas que no han renunciado a imaginarla libre, justa, próspera y democrática.
La tormenta no ha escrito el final, El final lo escribirá la gente.Y esta vez, con las manos sobre el timón.
Vamos por más…
@jgerbasi