Sembrar el petróleo en la Mesa de Guanipa: Un compromiso democrratico para su reconstrucción

Hablar de la economía venezolana sin evocar a Alberto Adriani es soslayar al primer pensador que descifró las trampas del modelo extractivo. A noventa años de sus contribuciones fundamentales, el precepto de «sembrar el petróleo» —aquella urgencia histórica de convertir la riqueza finita del subsuelo en un capital productivo y permanente sobre la superficie— sigue siendo una tarea inconclusa. Y acaso en ningún lugar del mapa nacional esta deuda resulte tan palmaria como en el municipio San José de Guanipa, en el estado Anzoátegui.

Ubicado en la Mesa de Guanipa y asentado sobre el corazón operativo de la Faja Petrolífera del Orinoco (FPO), Guanipa encarna de manera dramática la gran paradoja del rentismo: la convivencia de un subsuelo hiperdotado de hidrocarburos con un suelo sumido en el abandono institucional, la parálisis industrial y la precariedad de sus servicios públicos.

Si Adriani examinara la realidad contemporánea de Guanipa, diagnosticaría de inmediato un caso agudo de enclavismo extractivo. Por décadas, el municipio funcionó como un campamento de soporte operacional para la industria petrolera, absorbiendo la dinámica comercial del crudo pero desaprovechando la oportunidad de articular un tejido productivo autónomo. Esta dependencia absoluta generó dos distorsiones estructurales: por un lado, la ilusión del valor extractivo, donde miles de millones de dólares en crudo extrapesado han transitado bajo la tierra guanipense sin que la renta retorne traducida en infraestructura social, vías de comunicación de calidad o soberanía alimentaria local; por el otro, la parálisis por desinversión, ya que al concebirse como un mero apéndice de la actividad hidrocarburífera, cualquier caída operativa o desinversión en el sector energético colapsa automáticamente la economía regional, dejando al descubierto la fragilidad de un modelo sin diversificación.

Superar esta inercia requiere aplicar la tesis central de Labor venezolanista: orientar estratégicamente la renta del subsuelo hacia la creación de capacidades agroindustriales y tecnológicas locales. En Guanipa, este viraje debe articularse en tres dimensiones fundamentales. Primero, la revalorización agrícola de la Mesa, aprovechando sus acuíferos subterráneos de extraordinaria calidad y suelos aptos para la agricultura mecanizada de escala mediante la destinación de regalías del crudo a sistemas de riego masivos, electrificación rural y vialidad agrícola para potenciar el cultivo de maní, soya, maíz, sorgo y merey. Segundo, la consolidación de un ecosistema agroindustrial y de servicios técnicos, creando parques para el procesamiento de granos, lácteos y cárnicos articulados con un sector metalmecánico de vanguardia para lograr la autonomía operativa frente al gasto público. Tercero, la garantía de autonomía fiscal e infraestructura urbana, entendiendo que el desarrollo productivo es inviable sobre un territorio con deficiencias en servicios básicos, por lo que estabilizar la red eléctrica, potabilizar el agua y modernizar el equipamiento urbano es un requisito previo para atraer inversión privada sustentable.

El tributo más auténtico a la memoria de Alberto Adriani no consiste en citar sus frases con nostalgia, sino en ejecutar un viraje analítico y político urgente. La Faja Petrolífera del Orinoco no puede seguir entendiéndose únicamente como una reserva gigantesca de barriles para la exportación; debe asumirse como el palancamiento financiero imprescindible para transformar a Guanipa en un distrito agroindustrial moderno. San José de Guanipa lo reúne todo: la energía del subsuelo, la fertilidad de la tierra, la abundancia de agua y el talento técnico de una fuerza laboral formada en el rigor de las operaciones de campo. Superar la cortedad del modelo rentista para fundar una economía regional basada en la producción, la técnica y la resiliencia es el único camino para cancelar, de una vez por todas, la vieja deuda con Adriani.

Redacción

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