Migajas con silla de ruedas -Crónica breve de una mesa que administra el dolor en cuota / @jgerbasi
El viernes 14 comenzaron a salir. Empujaban las rejas de El Rodeo I y del otro lado había un abrazo esperando, siete años, ocho, quince, resumidos en un segundo de reencuentro filmado con un teléfono. Que nadie confunda esta crónica: esa alegría es real, es sagrada, y a quien no se le erice la piel viendo esas imágenes le pasa algo más grave que la política. Dicho esto —y dicho con el pecho— hay que decir lo otro, lo incómodo, lo que casi nadie quiere decir en voz alta esta semana: ciento treinta y una excarcelaciones no son una dádiva. Son una restitución mínima, tardía, de algo que nunca debió ocurrir.
Aquí va la imagen que se me quedó grabada estos días: a alguien lo golpean con un bate en la rodilla —se la destrozan, hueso astillado, ligamento roto, veintisiete años de bate— y cuando por fin, por fin, le acercan una silla de ruedas, se espera que el golpeado llore de gratitud. Eso es lo que estamos viendo. Estamos aplaudiendo la silla de ruedas y se nos está olvidando preguntar quién sostenía el bate.
La mesa se instaló el sábado 1 de agosto. Hoy, cuando escribo esto, ya son más de dos semanas. En ese lapso se logró un acuerdo para renovar el Tribunal Supremo de Justicia —bien, aunque sin fecha cierta todavía— y ahora la liberación de un centenar de presos. ¿Y el CNE? Silencio. ¿Y el cronograma electoral, la única variable que de verdad cierra este ciclo de miseria institucional? Silencio, otra vez.
Lo digo sin ambages: si en una semana no hay un Consejo Nacional Electoral designado, con reglas verificables, y una fecha de elecciones sobre la mesa, todo lo demás —el TSJ, los presos, los comunicados solemnes, las fotos protocolares en La Carlota— es administración del sufrimiento, no solución de la crisis. Venezuela no necesita gestos. Necesita una salida.
Hay una patología nacional que merece nombrarse: llevamos tanto tiempo a la intemperie que cualquier gesto decente lo recibimos como un milagro. Nos volvimos expertos en agradecer lo mínimo. Y lo extraordinario —lo único que de verdad merecería nuestra euforia— sería que el país dejara de sangrar, no que le pusieran una curita bien fotografiada a una herida de veintisiete años.
En esa mesa se sientan dos historias que le deben explicaciones al país, no comunicados. De un lado, veintisiete años de un proyecto que convirtió la abundancia en escasez, el petróleo en hambre y el disenso en cárcel: esa cuenta la conocemos de memoria. Del otro lado, hay que decirlo también aunque duela: dirigencias que tuvieron años, oportunidades y el respaldo de medio mundo para torcerle el brazo a ese proyecto, y que en cambio administraron su propia cuota de fracaso, de divisiones internas y —en el caso de sectores ligados al llamado "gobierno de transición" entre 2019 y 2023— de escándalos de manejo de activos y comisiones que nunca terminaron de explicarse del todo. Esa gente no debería estar sentada negociando el futuro del país. Debería estar rindiendo cuentas ante la misma justicia que hoy se negocia como moneda de cambio.
Hay una referencia histórica, porque ilumina algo incómodo: Pablo Escobar construyó barrios, canchas, hasta hospitales para los pobres de Medellín mientras dirigía el cartel que inundó el planeta de cocaína y de cadáveres. Durante años, buena parte de esa ciudad lo quiso, porque hizo lo que el Estado nunca hizo por ellos. La lección no es que Escobar fuera bueno. La lección es que el bien puntual —la obra, el gesto, la dádiva— no salda la deuda del daño estructural. Un puñado de casas no borra un país narcotizado. Y un puñado de presos liberados, por más justo y necesario que sea, no borra veintisiete años de un modelo que fabricó presos políticos como quien fabrica ladrillos.
No pedimos milagros. Pedimos lo mínimo indispensable que cualquier país que se respete exige sin arrodillarse: un CNE creíble, un cronograma electoral con fecha, garantías verificables y libertad plena para todos, sin excepciones ni "primeras tandas". Todo lo demás —insisto— es cuota, es migaja, es la silla de ruedas que nos dan para que dejemos de preguntar quién sostenía el bate.
Que se libere a los que faltan. Que se instale el CNE. Que haya fecha. Y que, mientras tanto, nadie confunda un gesto con una solución, ni una foto protocolar con una transición.
Vamos por más...
por José Ignacio Gerbasi
@jgerbasi