La hiperburocátización de la Transición: El arte de no decidir nada

La tercera ronda de negociación no trajo certezas; trajo una prórroga con sello oficial y membrete de lujo. Ha sido una verdadera obra maestra de la diplomacia burocrática: la demostración magistral de cómo encerrarse durante días, consumir litros de café importado y redactar comunicados solemnes sin rozar, ni por equivocación, el fondo de la tragedia nacional. Si el objetivo de la mesa era proyectar una calculada ilusión de movimiento mientras se blindaba intacto el statu quo, la jornada fue un éxito redondo; si la intención era trazar una hoja de ruta real hacia la transición democrática, no fue más que otro costoso sainete para un país al que hace rato se le agotó la paciencia.

Comisionados para comisionar: la fórmula contra los partidos

Frente al drama de los partidos políticos judicializados y el uso descarado de las inhabilitaciones administrativas para barrer del mapa a cualquier competidor incómodo, la mesa parió una genialidad de ingeniería jurídica: en lugar de levantar castigos arbitrarios o devolver siglas secuestradas con un simple plumazo, se acordó crear una comisión para comisionar a un comisionado, quien a su vez coordinará una subcomisión encargada de evaluar la viabilidad de discutir el asunto.

Una maravilla del inmovilismo. Si a usted le expropiaron su partido o le bloquearon la candidatura, no se desespere: su expediente ahora reposa plácidamente en el clásico peloteo de una taquilla pública donde nunca hay sistema, archivado bajo una montaña de carpetas con el sello de «vuelva usted en el próximo ciclo histórico». La burocracia elevada a la categoría de arte: ya no como un mecanismo de gestión, sino como la trinchera perfecta para congelar la realidad.

El CNE fantasma y la fecha en el limbo

El clímax de este teatro del absurdo llegó al tocar el tema que de verdad importa: la fecha de las elecciones presidenciales. Frente a la elemental exigencia de fijar un cronograma inamovible, auditado y transparente, la respuesta de la mesa fue una pirueta circense: se anunció, con impostada gravedad republicana, que la fecha exacta será determinada por el «nuevo» Consejo Nacional Electoral (CNE).

El pequeño detalle —ese que se disimula con una sonrisa tiesa para no arruinar el brindis ni la foto oficial— es que ese nuevo CNE simplemente no existe. Nadie ha discutido su integración, no ha sido presentado ante el Parlamento y ni siquiera figura en el calendario cuándo demonios piensan empezar a nombrarlo.

Delegar la fecha comicial en una institución imaginaria es una jugada de prestidigitación política impecable: le permite a los negociadores lavarse las manos en público, alegando un pulcro «respeto a los tiempos institucionales», mientras dejan la soberanía del país secuestrada en el limbo de las buenas intenciones.

El arte de ganar tiempo

Dejar el destino de Venezuela en manos de un árbitro fantasma y de un enjambre de comisiones inútiles no es ingenuidad ni torpeza negociadora: es una maniobra fríamente calculada para que el tiempo corra, el cansancio gane la partida y el calendario avance sin que se mueva una sola pieza del tablero. Para la cúpula, la mesa funcionó a la perfección; para los ciudadanos que exigen libertad, justicia y una fecha electoral ya, la función ha sido un insulto.

Por: Pedro Galvis / @pgalvisve

Redacción

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