Café, aromas de Venezuela y una invitación que no pude rechazar
El 29 de septiembre envolvía los jardines celestiales en una brisa mansa, aromatizada con jazmines infinitos y el eco lejano de un coro de querubines afinando sus arpas. Hoy era el gran día. Hoy la fiesta grande del Reino se pintaba de azul cobalto y destellos de fuego puro: el Día de San Miguel Arcángel.
En un mirador secreto que daba directo a las constelaciones del sur, una mesa de madera rústica —digna de cualquier patio de Coyoacán o de una tarde en Cracovia— aguardaba con una cafetera humeante que despedía un aroma imposible: el inconfundible perfume del café venezolano recién colado, densito, con notas de papelón y cacao tostado.
—Vaya, vaya, Juan Pablo. ¿De dónde sacaste este grano? Sabe a gloria bendita, aunque un poco más fuerte que el de mi natal Pietrelcina —murmuró un fraile de barbas blancas y guantes en las manos, acomodándose el sayal con una sonrisa traviesa mientras soplaba su taza.
El hombre de la sotana blanca, coronado ya por la luz eterna de la santidad y con esa sonrisa franca y el paso firme de quien recorrió el mundo entero besando la tierra, soltó una carcajada cálida que hizo tintinear las tazas de porcelana.
—Ah, Padre Pío, los caminos del Espíritu son misteriosos, pero los contrabandistas de esperanza del Táchira y los Andes no se quedan atrás. ¡Tenía que estar a la altura de la ocasión! Hoy celebramos al Jefe de los Ejércitos Celestiales, y mi buen amigo Miguel merece una recepción que mueva los cimientos del Purgatorio de la alegría. Oigan... ¿oyeron ese ruido en la verja de las nubes?
De pronto, un destello travieso cruzó el sendero de estrellas y una figura con acento inconfundible venezolano, con los zapatos un poco empolvados de tanto trota-caminos y una sonrisa de oreja a oreja, apareció asomándose tímidamente entre los olivos celestiales.
—¡Epa! ¿Es aquí la fiesta de San Miguel o me colé en el sancocho incorrecto? Disculpen la tardanza, es que el tráfico de la Vía Láctea estaba imbatible y tuve que esquivar un par de cometas. ¡Hola, Santo Padre! ¡Hola, Padre Pío! ¡Hola, San Judas y mi capitán Miguel!
El mismísimo San Juan Pablo II se levantó de un brinco, abrió los brazos con esa generosidad polaca tan suya y le dio un abrazo de oso al invitado recién llegado.
—¡Pero miren quién llegó! ¡José Ignacio, hombre, pasa adelante! Te estábamos esperando con la taza lista. ¡Siéntate aquí, que en esta mesa hay puesto para todos los que cargan a Venezuela en el pecho! —le dijo el Papa santo, acomodándole una silla de madera y sirviéndole él mismo un buen chorro de café humeante—. Justo estábamos hablando de la fiesta y de los invitados de honor.
Una ráfaga de luz intensa, como un relámpago de zafiro líquido, sacudió el ambiente. De ella emergió una figura imponente, de armadura resplandeciente que reflejaba constelaciones enteras y una mirada que destilaba justicia y ternura a partes iguales.
—¿Hablaban de mí o es que el café está tan bueno que hasta los mortales suben sin pasaporte? —preguntó San Miguel Arcángel, quitándose el yelmo con un gesto jovial y saludando a José Ignacio con un apretón de manos firme y fraternal—. ¡Feliz día, José Ignacio... o mejor dicho, de mi santo, pero celebrado en familia!
—¡Llegas justo a tiempo, Capitán! —exclamó San Judas Tadeo, que se acercaba con paso tranquilo cargando una charola llena de arepas de maíz pilado que aún humeaban, doraditas en el budare—. Y qué bueno que llegó sangre nueva de allá abajo. Íbamos justo a brindar por el mejor regalo que podíamos pedir hoy.
José Ignacio le dio un sorbo al café, sintiendo cómo el calor le recorría el alma, y preguntó curioso: —Digan la verdad, ¿qué fue lo que pidieron para Venezuela en este día de San Miguel?
El silencio se hizo de pronto en la mesa, un silencio lleno de complicidad y cariño. San Juan Pablo II apoyó los codos sobre la mesa de madera y miró hacia el horizonte, donde un mapa invisible de América del Sur brillaba con luces intermitentes.
—Hermanos —comenzó diciendo el Papa santo, con esa voz ronca pero vibrante que tantas multitudes cautivó—. Me han preguntado qué regalo quería para celebrar este día junto a Miguel. Y yo les he dicho: no quiero flores de oro ni cánticos nuevos. El mejor regalo que podemos recibir hoy es la libertad definitiva de Venezuela.
El Padre Pío levantó la vista, y en sus ojos oscuros brillaba una lágrima de pura emoción, mientras le palmeara cariñosamente el hombro a José Ignacio. —Ah, muchacho... ¡lo que ha sufrido ese pueblo! Cuántas rodillas hinchadas de tanto rezar en los templos oscuros, cuántas madres despidiendo a sus hijos, cuántas horas de cruz pesada cargada con dignidad... ¡Pero miren lo hermoso de esto!
—Exacto, Padre —interrumpió San Judas Tadeo, inclinándose hacia adelante, con los ojos encendidos de fe—. Aquí no se salvan unos solos. No son solo los que se fueron y ahora hacen maletas con el corazón en la garganta para volver con su experiencia y sus títulos a poner el hombro. ¡No señor! El milagro más grande es el reencuentro con los que se quedaron.
—¡Dímelo a mí, Padre Pío! —saltó José Ignacio con los ojos aguados—. Los que aguantaron el chaparrón, los que sembraron con resistencia invisible, los que abrieron comedores con uñas y dientes, los maestros que daban clases sin sueldo, los abuelos cuidando nietos con una paciencia de santos... ¡Los que se quedaron y los que vuelven son las dos manos de un mismo aplauso!
San Miguel Arcángel levantó su espada, no para amenazar, sino para trazar un círculo luminoso que abrazaba tanto el mapa de Venezuela como la mesa celestial.
—¡Así es, caramba! —exclamó el Arcángel con una sonrisa luminosa—. El exilio trajo el aprendizaje del mundo, pero la resistencia de adentro mantuvo encendido el fuego del hogar. Cuando los que regresen abran la puerta y se fundan en un abrazo con los que resistieron como José Ignacio... ¡uy, se va a caer el Ávila de tanta emoción! Vienen tiempos de trabajo duro, de sudor con propósito, de perdón profundo y de una alegría tan terca que va a contagiar al continente entero. Y viene también ella, la líder que caminó los pueblos con los zapatos polvorientos y la sonrisa intacta, demostrando que la dignidad no se negocia.
Las campanas de la catedral invisible empezaron a repicar con un sonido cristalino que parecía la risa de un niño jugando bajo la lluvia.
San Juan Pablo II se puso de pie, con su investidura de santo y su eterna alma de pastor joven, tomó su taza de café, miró a sus hermanos celestiales y guiñó un ojo a José Ignacio. Con una sonrisa radiante, alzó la taza en alto.
—Por San Miguel Arcángel, nuestro valiente custodio, que hoy nos protege de todo mal. Y por Venezuela... por esa patria hermosa donde los que se fueron y los que se quedaron se unirán para construir la nación que se merecen. ¡Salud, José Ignacio!
—¡Salud y viva Venezuela! —exclamaron al unísono el Padre Pío, San Judas Tadeo, San Miguel y José Ignacio, quien desde esa noche ya sabía que en el cielo tenía una silla reservada y un café esperándolo siempre.
Las tazas chocaron con un sonido claro que resonó como una promesa. En ese preciso instante, en algún rincón de Caracas, de Maracaibo, de San Cristóbal y en el corazón de cada venezolano que no se rindió, una ráfaga de brisa fresca, con olor a café y a azucenas, recorrió las calles.
Hoy era el día de San Miguel. Y el milagro, el gran milagro de la esperanza activa, ya había comenzado.
"No tengan miedo. Abran, más aún, abran de par en par las puertas a la libertad de construir la nación con la que tanto han soñado." — El eco de una voz santa que hoy se escucha más cerca que nunca.
Vamos por más...
@jgerbasi