Mocho Cabello: el poder se reordena, la corrupción se acomoda

En Venezuela, cuando un alto funcionario cambia de cargo, conviene no celebrar: casi nunca es una señal de reforma, casi siempre es una mudanza. Y la salida de Mocho Cabello del SENIAT hacia Pequiven encaja perfectamente en ese manual tan conocido del poder: no se corrige nada, se recoloca a los mismos de siempre para que todo siga funcionando igual de mal, pero con distinto membrete.

El SENIAT no es una oficina cualquiera. Es una de las principales llaves del control económico del país. Desde allí se recauda, se presiona y se decide quién respira y quién se asfixia dentro del sector formal. Tener ese timón en manos de un operador político no es un accidente: es parte del diseño. Por eso, cuando ese operador deja el puesto, no estamos ante una depuración, sino ante una típica operación de ajedrez burocrático donde la pieza no cae, solo cambia de casilla.

Y claro, ahí aparece Pequiven, ese paraíso nacional de la discrecionalidad donde la transparencia suele ser una especie exótica y la rendición de cuentas, una leyenda urbana. Qué casualidad tan conveniente: del control fiscal al manejo de otra estructura estratégica, también cargada de poder, recursos y zonas grises. El mensaje es elegante en su descaro: “te sacamos del foco, pero no te preocupes, sigues dentro del negocio”.

Porque esa es la verdadera arquitectura del poder en Venezuela: no hay castigo, hay reciclaje. No hay responsabilidades, hay reacomodos. No hay instituciones que se fortalecen, hay operadores que se trasladan de un centro de influencia a otro, como si el Estado fuera una especie de tablero privado donde lo importante no es gobernar, sino administrar lealtades.

Mientras tanto, el discurso oficial sigue vendiendo la misma mercancía vencida: soberanía, eficiencia, lucha contra la corrupción. Una puesta en escena cada vez más cínica, porque en la práctica lo que se protege no es el interés público, sino el circuito cerrado de poder que ha convertido al Estado en una empresa de autopreservación. Cambian los nombres, no la lógica. Cambian los cargos, no el sistema. Cambia el escenario, pero la obra sigue siendo la misma tragicomedia de siempre.

Y así se sigue gobernando: moviendo fichas para que nada cambie, reubicando a los mismos actores para que el reparto siga intacto, maquillando como gestión lo que no pasa de ser una administración del privilegio y la opacidad. En cualquier país serio, esto sería un síntoma de deterioro institucional. En Venezuela, por desgracia, ya ni siquiera sorprende.

Redacción

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La Física de la libertad; por José Ignacio Gerbasi / @jgerbasi