La ruina institucional sobre los escombros de la tragedia; Por: Pedro Galvis / @pgalvisve
La tierra tiembla en segundos; los regímenes fallidos destruyen un país durante décadas. Los sismos del 24 de junio no crearon la tragedia venezolana: simplemente la expusieron con brutal crudeza. Mientras se derrumbaban edificios en La Guaira y Caracas, ya hacía tiempo que habían colapsado los servicios públicos, la confianza ciudadana y los últimos vestigios de un Estado funcional. La naturaleza agrietó el suelo; el poder quebró a la nación.
La pregunta es incómoda pero ineludible: ¿qué vale un gobierno que desaparece cuando su pueblo más lo necesita? La respuesta del Ejecutivo interino fue la de siempre: silencio, opacidad y negación. Mientras maestros, vecinos y voluntarios removían escombros con las manos en busca de sobrevivientes, el Estado brillaba por su ausencia. No fue falta de capacidad; fue falta de voluntad. No fue ausencia de recursos; fue ausencia de alma. Esa omisión, en medio de la catástrofe, no es mera ineptitud: es una forma de crueldad institucionalizada.
Cuando el poder finalmente apareció, lo hizo con uniforme y actitud de control. En lugar de coordinar rescates, se dedicó a cercar zonas y intimidar. Hay testimonios de camiones de ayuda retenidos y de funcionarios involucrados en saqueos entre las ruinas. Si eso no representa la degradación absoluta de una autoridad, ¿qué lo hace? El terremoto derribó paredes de concreto; el régimen terminó de derrumbar la poca dignidad institucional que quedaba.
Venezuela no enfrenta solo un mal gobierno: padece una maquinaria de ruina sistemática que ha convertido la administración pública en un instrumento de control y la emergencia en una oportunidad de poder. Mientras las ONG perseguidas son las que llevan alimento, medicinas y consuelo a los damnificados, el Estado ha renunciado a su rol elemental como garante del bien común. Negar la magnitud de la tragedia, acusar de “desinformación” a quien denuncia y ocultar el destino de los recursos internacionales no son errores: son la esencia del sistema.
Más grave aún es el uso político del dolor. La tragedia se instrumentaliza, la ayuda se condiciona y la desesperación se administra. Ese es el rostro más indigno del poder: no solo fracasa, sino que hace del fracaso su método de gobernanza. No solo abandona; vigila el abandono. No solo miente; necesita la mentira para sobrevivir.
Los terremotos duraron apenas segundos. La devastación institucional lleva años. Este sistema, que ya nació marcado por tragedias como el deslave de Vargas, hoy se hunde en su propia podredumbre moral. Ha agotado la paciencia de un pueblo que roza la rabia contenida.
Venezuela no necesita más discursos vacíos ni administradores del naufragio. Requiere el fin de esta estructura de dominación, corrupción y miedo. Porque cuando un Estado se convierte en enemigo de su propia gente, resistir ya no basta: es hora de expulsarlo de la historia.