El Pacto de Fausto en el Trópico: La Vanidad, el Poder y el Alma de Venezuela

Por: Pedro Galvis /@pgalvisve

El cine a menudo nos devuelve metáforas tan precisas de nuestra propia realidad que resulta perturbador verlas en pantalla. En la icónica película de 1997, El Abogado del Diablo, un brillante y joven abogado (Keanu Reeves) vende su brújula moral al mismísimo Satanás (Al Pacino) a cambio de éxito, prestigio y el embriagador placer de no perder jamás. Al final, el diablo no necesitó cadenas para arrastrarlo al abismo; solo tuvo que susurrarle al oído y alimentar su ego. "La vanidad es mi pecado favorito", concluía con una sonrisa macabra. Hoy, observando el desgarrador panorama de la crisis política e institucional que atraviesa Venezuela, esa frase resuena no como ficción cinematográfica, sino como una radiografía cruda de nuestra tragedia nacional.

La vanidad y el deseo insaciable de control han sido, históricamente, los combustibles de la debacle venezolana. El libre albedrío, ese concepto que el personaje de Al Pacino defendía con cinismo, es el espejo donde la dirigencia de nuestro país —tanto quienes sostienen el aparato de poder a toda costa como aquellos que se corrompieron en el camino— se niega a mirarse. La crisis de legitimidad y el aparato de control que asfixia el espacio cívico no nacieron de la nada; son el resultado de decisiones humanas concretas. Cada actor político que eligió el beneficio propio, el aplauso de una facción o el mantenimiento de un estatus de privilegios por encima del dolor de un país en ruinas, tomó una decisión consciente. Pusieron el escenario de la confrontación permanente, pero la ambición de ganar a cualquier costo fue estrictamente suya.

Al igual que en el film, el drama no radica en la falta de opciones, sino en la adicción a no perder jamás.

Esta ambición desmedida ha transformado la política en un juego de suma cero donde el costo de la victoria se paga con el tejido social. Mientras las cúpulas juegan a la alta geopolítica y al control territorial, el ciudadano de a pie sufre el colapso sistemático de los servicios básicos, la falta de luz, agua y salarios dignos. Hemos presenciado un doloroso proceso de anestesia moral. Al igual que el protagonista de la película miraba hacia otro lado mientras la salud mental y la vida de su esposa se desmoronaban con tal de ganar su próximo juicio, gran parte de la clase dirigente venezolana ha ignorado deliberadamente el calvario de las familias divididas por la migración forzada y el sufrimiento de los presos políticos. El éxito del poder se ha edificado sobre el altar del sacrificio ciudadano.

Asimismo, Venezuela padece la gran ilusión del control. Quienes manejan los hilos de la represión y la persecución creen que controlan el tablero de forma indefinida, ignorando que el poder absoluto a menudo convierte a sus propios ejecutores en esclavos del miedo a perderlo. En paralelo, el drama nacional nos ha enseñado que la ley y la ética se han divorciado por completo. En un sistema judicial que valida detenciones arbitrarias y audiencias virtuales bajo cargos difusos, el tecnicismo legal se ha convertido en la herramienta perfecta para defender lo indefendible. Lo que es legalmente conveniente para mantener una estructura de poder no es, bajo ninguna circunstancia, éticamente justo.

El epílogo de El Abogado del Diablo nos deja una lección final que parece escrita para la Venezuela de hoy. Cuando el protagonista cree haber vencido al diablo mediante un acto de sacrificio supremo, la escena vuelve a empezar, el escenario cambia, pero la tentación de la vanidad regresa con un rostro diferente. Para Venezuela, la advertencia es clara: la transición hacia una sociedad democrática y justa no se logrará simplemente cambiando las caras en el palacio de gobierno si no desmantelamos la cultura del ventajismo, el mesianismo y la ambición desmedida que impera en la cultura política. Si la reconstrucción de nuestro país no pasa por un profundo examen ético y moral de sus líderes y de sus ciudadanos, corremos el riesgo de reiniciar el ciclo, cayendo otra vez ante el pecado favorito del diablo.

Para profundizar en cómo la psicología social analiza estos fenómenos de control, incertidumbre y adaptación en el contexto actual del país, resulta muy ilustrativo escuchar a los propios ciudadanos en las calles en este reportaje sobre las Perspectivas de la crisis sociopolítica en Venezuela, donde se describe el panorama de incertidumbre y la resiliencia social frente al conflicto.

Redacción

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