La Infamia de Víctor Hugo: Madre Buscando a un Muerto; por Pedro Galvis /@pgalvisve
Tras días de indignación profunda y una rabia que quema el alma, me costó escribir este artículo. Las manos me temblaban, las lágrimas empañaban la pantalla y el pecho se me cerraba de dolor. Pero esta abominación no debe silenciarnos. Esta maldad no nos paralizará. Al contrario: convertiremos nuestra rabia en fuego, nuestra indignación en acción valiente, incansable y decidida, hasta que la justicia sea servida para Víctor Hugo Quero y para todas las víctimas de este horror.
Dios mío… ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo un hijo puede ser arrancado de los brazos de su madre y convertido en nada más que un número en un expediente mentiroso? El corazón se me parte en mil pedazos al escribir esto. Víctor Hugo Quero Navas, un hombre de 51 años con sueños todavía por cumplir, fue asesinado y desaparecido víctima de la maldad sistemática del régimen. Y su madre, doña Carmen Teresa Navas, de 82 años, pasó dieciséis meses eternos buscándolo vivo… mientras él ya descansaba frío bajo tierra desde el 24 de julio de 2025.
Imagina el dolor. Imagínalo de verdad. Una anciana menuda, de cabello gris recogido con esmero, caminando bajo el sol inclemente de Caracas de penal en penal. “Mi hijo está en El Rodeo I”, le decían. Ella iba. Suplicaba. Lloraba. Mostraba papeles. Y los mismos uniformados que lo custodiaron la echaban como a un perro: “Aquí no está”. Mentira tras mentira. Crueldad sobre crueldad. Mientras tanto, Víctor Hugo agonizaba solo, golpeado, hambriento, con el estómago sangrando y la fiebre devorándolo. Testigos que luego salieron libres lo vieron consumirse. Nadie le dio un abrazo. Nadie le permitió ver a su mamá.
Y luego… el comunicado. Ese papel frío, inhumano, firmado por el Ministerio de Servicios Penitenciarios. “No se avisó porque no dio datos de familiares”. ¡Mentira vil! ¡Infamia que clama al cielo! Doña Carmen había ido cientos de veces. Había gritado su nombre en las puertas de las cárceles. Había recibido medidas cautelares de la CIDH. Había dormido sin paz, con el alma en vilo, preguntándose cada noche: “¿Dónde está mi hijo? ¿Está comiendo? ¿Tiene frío? ¿Me extraña?”.
“Madre, si me matan, dile a los soldados que te den tu muerto”, escribió Andrés Eloy Blanco hace décadas. Hoy esas palabras duelen como puñal. Doña Carmen no recibió ni siquiera el cadáver a tiempo. Le ocultaron la muerte. Le negaron el derecho más sagrado de una madre: velar a su hijo, llorarlo, besarle la frente por última vez.
¿Cómo puede un ser humano fabricar tanto sufrimiento? ¿Qué clase de corazón late en quienes ordenaron esta barbarie? Víctor Hugo no era un delincuente. Era un vendedor de pantalones en La Hoyada, un prestamista humilde que el 1 de enero de 2025 solo llevaba bombones y hallacas para celebrar el Año Nuevo con su viejita. Lo detuvieron encapuchados de la DGCIM, lo acusaron de terrorismo y conspiración con la CIA… por haber prestado servicio militar. Lo torturaron. Lo desaparecieron. Lo mataron. Y luego borraron sus huellas como si nunca hubiera existido.
Esta no es una tragedia aislada. Es la expresión más perversa de una maldad sistemática, deliberada y diabólica, perfeccionada por un régimen que ha convertido el dolor humano en instrumento de poder. Un régimen que no mata por accidente, sino por estrategia; que no desaparece por negligencia, sino por cálculo frío; que tortura, humilla y deja morir como política de Estado. Secuestran hijos, destrozan madres, fabrican viudas y huérfanos, y después firman comunicados cínicos para lavarse las manos. Víctor Hugo no cayó víctima de unos cuantos funcionarios sádicos: fue sacrificado por una maquinaria monstruosa que ha decidido que la vida de cualquier venezolano que no les sirva es descartable. Un régimen que ha hecho de la desaparición forzada un método, de la tortura una rutina y de la crueldad contra las madres una herramienta para quebrar la voluntad de todo un pueblo. Esta barbarie no es improvisada: es planificada, es institucionalizada, es satánica en su esencia.
María Corina Machado lo denunció con la fuerza de quien no puede callar: “A Víctor Hugo Quero Navas lo detuvo el régimen. Lo desaparecieron, lo torturaron y lo asesinaron. Esto no es solo una tragedia; es un crimen de lesa humanidad ejecutado con impunidad absoluta. Es el horror sistemático contra una nación que exige justicia. El mundo debe mirar a Venezuela: la crueldad no tiene límites”.
Como bien nos recuerda la Palabra de Dios: “El que justifica al impío y condena al justo, ambos son abominación a Jehová” (Proverbios 17:15).
Hoy, a las puertas del Día de las Madres, mientras algunas familias se preparan para celebrar, una madre venezolana sigue con la mirada perdida, los ojos hinchados de tanto llorar, el pecho vacío. Su hijo le fue robado. Su esperanza fue pisoteada. Su vejez fue condenada a la tortura más sádica: buscar a un muerto que el Estado se negaba a entregarle.
Víctor Hugo, hermano venezolano, dondequiera que tu alma descanse ahora, quiero que sepas algo: tu muerte no fue en vano. Tu sangre grita a través de nosotros. Tu nombre ya no es solo un caso. Es una herida abierta en el corazón de todo un país que se niega a seguir callando.
Doña Carmen, madre valiente, que Dios le dé fuerzas para seguir respirando. Que su dolor se convierta en la fuerza que despierte conciencias dormidas. Que ningún verdugo duerma en paz mientras usted siga viva.
Venezuela, despierta. Ya no podemos mirar hacia otro lado. Cada silencio nuestro es cómplice. Cada indiferencia, una traición a Víctor Hugo y a su madre. Que la indignación nos queme el pecho. Que la compasión no nos deje dormir. Que la exigencia de justicia sea más fuerte que el miedo.
Por ti, Víctor Hugo. Por ti, doña Carmen. Por todos los presos políticos que aún respiran en la oscuridad. Por las madres que aún buscan. Por una Venezuela que merece ser humana otra vez.
Nunca más. Nunca más una madre buscando a su hijo entre mentiras de Estado. Nunca más la muerte escondida. Nunca más la dignidad pisoteada.
Que tu nombre, Víctor Hugo Quero Navas, sea desde hoy bandera de dolor y de esperanza. Que tu luz, desde el cielo, ilumine el camino hacia la verdad y la justicia que tanto nos debe este país herido.
Descansa en paz, hermano. Tu madre te llora. Venezuela te recuerda. Y no te olvidaremos jamás.
Esta rabia no se apaga. Se transforma en acción. Hasta que haya justicia.