Sindicatos y Poder: Cuando la Representación se convierte en Dominio; por Pancho Aguilarte

“Se acabó la moral y se apagaron las luces”. La frase, atribuida a Tomás Lander a comienzos del siglo XX, parece atravesar el tiempo venezolano como una advertencia persistente. Décadas más tarde, en 1978, otra expresión similar —esta vez vinculada al ámbito sindical— volvió a poner en evidencia una preocupación que no era nueva: la degradación ética de estructuras llamadas a defender al trabajador.

El sindicalismo nació como instrumento de reivindicación social. Su razón de ser fue la protección del salario, la dignidad laboral y la justicia en las relaciones de trabajo. Sin embargo, cuando el sindicato dejó de ser únicamente una organización gremial para convertirse en pieza estratégica del engranaje político, comenzó una transformación profunda. La representación empezó a confundirse con dominio.

En Venezuela, buena parte del siglo XX estuvo marcado por la estrecha relación entre partidos políticos y dirigencias sindicales. Aquella alianza no fue clandestina: formó parte del diseño institucional surgido tras 1958. El problema no radicó en la participación política del trabajador —legítima en toda democracia— sino en la progresiva sustitución del interés colectivo por intereses partidistas. El sindicato dejó de ser contrapeso para convertirse en apéndice.

Cuando las estructuras gremiales adquieren poder electoral, capacidad de movilización masiva y acceso privilegiado a recursos, el riesgo de desviación ética aumenta. La tentación de intercambiar respaldo político por beneficios particulares termina erosionando la transparencia. Así surgieron prácticas clientelares, manejos opacos de fondos y liderazgos perpetuados más por alianzas que por legitimidad.

El fenómeno no fue exclusivo de Venezuela. En buena parte de América Latina, el modelo corporativo integró sindicatos al aparato del Estado o a partidos dominantes. En algunos casos, el sindicalismo se convirtió en columna vertebral de proyectos políticos; en otros, en instrumento de control social. El resultado fue similar: debilitamiento de la autonomía y pérdida de credibilidad.

Las llamadas “cruzadas morales” dentro de los propios partidos rara vez lograron desmontar ese entramado. El poder acumulado por ciertas dirigencias sindicales era ya demasiado robusto. Así, la corrupción sindical dejó de ser un episodio para convertirse en sistema.

Hoy, cuando el descrédito institucional golpea con fuerza, la reflexión es impostergable. Un sindicato fuerte no es aquel que impone candidaturas o negocia privilegios; es el que defiende derechos con independencia, transparencia y alternabilidad. Sin autonomía no hay representación genuina. Y sin ética pública, toda organización —sea partido o sindicato— termina sirviéndose a sí misma.

Recuperar la moral en la vida sindical no es una consigna romántica; es una exigencia democrática. Porque cuando la representación se transforma en dominio, el trabajador deja de ser sujeto de derechos para convertirse en instrumento de poder.

Pancho Aguilarte

Siguiente
Siguiente

El antifaz de Delcy; Por Omar González Moreno / @omargonzalez6