La guerra psicológica; Por Omar González Moreno / @omargonzalez6
Mar de Fondo
En los conflictos no convencionales y de quinta generación, la siembra de la desesperanza no es un efecto colateral, es un arma deliberada.
Los regímenes autoritarios comprendieron que no necesitan tanques para conquistar una nación; basta con quebrar la moral colectiva, agotar la resistencia emocional y convencer a los ciudadanos de que “nada cambiará”.
Es la guerra psicológica elevada a política de Estado.
La desesperanza paraliza, desmoviliza, envejece generaciones completas y vuelve irrelevante el coraje individual.
Cuando el ciudadano pierde la fe en el futuro, deja de defenderse, deja de reclamar, deja incluso de soñar.
Por eso estos regímenes destruyen instituciones, manipulan la información, sabotean las expectativas económicas y siembran miedo.
Los regímenes como el de Nicolás Maduro y su banda buscan convertir la rendición mental en el campo de batalla definitivo.
Pero también hay un antídoto. La historia demuestra que ningún aparato represivo, por sofisticado que sea, puede sostener indefinidamente a un país que recupera la confianza.
La esperanza —esa fuerza íntima que los tiranos subestiman— es capaz de reactivar la voluntad colectiva, derrumbar narrativas tóxicas y encender el motor de las transiciones democráticas.
Es allí donde la ciudadanía, unida y consciente, convierte lo imposible en inevitable.
En los conflictos de quinta generación, el dominio no se libra solo en las fronteras, sino en la conciencia.
Quien controla la esperanza, controla el final de la guerra.