La confianza, una receta, por: Angel Arellano (@angelarellano)

Somos un país económicamente atractivo. Pese a nuestra desgracia vigente, las potencialidades de Venezuela se mantienen en permanente revisión por una sociedad que desea trabajar, invertir, desarrollarse, pero que no se aventura por las trabas ampliamente conocidas.

El caos económico mantiene en franco deterioro la salud mental del venezolano y condiciona las posibilidades de avance. Una nación siempre puede estar mejor, pero también siempre puede estar peor. El éxito y la decadencia carecen de piso y techo, no tienen límites.

La diáspora de talento se ha acentuado. Profesionales, expertos y técnicos no visualizan un futuro promisorio en su lugar de origen. A pesar de la muy pequeña, restringida y distorsionada oferta de vuelos al extranjero, quienes huyen se las han ingeniado para llegar a otras latitudes. La fuga de cerebros es ajena al interés gubernamental. Cuando la ignorancia gobierna, quienes saben mucho huelen mal.

Existe una solución para reencontrarnos, una medida que en el corto plazo puede a dar resultados: generar confianza. Venezuela es tan fértil, con un territorio tan aprovechable y una población tan necesitada de trabajo y propiedad, que cualquier esfuerzo por ofrecer tranquilidad y estabilidad inmediatamente genera inversión, lo que se traduce en empleo e ingresos para la familia.

La confianza en este país murió, pero puede recuperarse. Si el empresario y  la gente no creen en el gobierno ni en la justicia, si el parlamento legisla por deporte y afición histórica, si el presidente, los gobernadores y los alcaldes priorizan las rumbas por encima de los problemas que requieren atenderse, la confianza no revive: circo sin pan.

               Un amigo ligado a los pocos sectores industriales productivos que quedan operando en el país, me comentaba de una de sus afirmaciones esenciales: el país pasa por un momento de gran crisis pero también de gran oportunidad para industrializar al sector económico y hacerlo rentable, productivo y satisfactorio para el fin común que es el abastecimiento, la estabilidad cambiaria y la reducción de la inflación. Es evidente que la preocupación de los empresarios no está en sintonía con el gobierno. Los primeros luchan contra la marea persiguiendo una última bocanada de aire, los últimos mantienen su plan autoritario sin un ápice de eficiencia en la labor administrativa.

Somos un país económicamente apetecible para pequeñas, medianas y grandes potencias que ven en nuestros atributos naturales y geográficos una oportunidad de negocio envidiable. Una República cuyas provincias están conectadas, más mal que bien, pero conectadas al fin, por un sistema aun primitivo de carreteras pero con gran espacio para ampliaciones y adecuaciones acorde con el mundo que nos rodea.

Nos convertimos en un caos no porque seamos brutos, porque nuestra historia nos arrope o por rasgos culturales, sino por 15 años de un gobierno que potenció la oscuridad que hizo de palanca en su subida al trono. 15 años de exacerbar todo lo que el venezolano ha debido, desde hace mucho, condenar en el baúl del olvido: flojera, ignorancia, corrupción, incapacidad y sumisión.

Existe una solución que puede enmendar la desgracia en el corto y mediano plazo. La confianza, en tiempos de tanta carestía y pobreza, puede movilizar a toda la población económicamente activa en función de la productividad nacional, de lo hecho en casa.

Ángel Arellano

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