“El legado” en Urica, por: Ángel Arellano (@angelarellano)

“Pasarán 200 años más para que vuelvan los del gobierno a este pueblo”, eso dijo quien desde la acera miraba el despliegue de oficiales de seguridad, militares, escoltas, armas cortas, largas, chalecos, camionetas último modelo y cámaras de televisión que captaban la visita de la directiva de la Asamblea Nacional a una discreto monumento patrio conformado por una flecha que apunta una pequeña lápida en la que se presume fue la última ubicación del cuerpo de José Tomás Boves.

El Parlamento se trasladó a Urica, en el centro de Anzoátegui. Su visita persiguió conmemorar el bicentenario de aquella batalla que aunque perdida por el Ejército Libertador, la deformación histórica del chavismo ha cristalizado en el recuerdo, más inestable que firme, como muestra de gallardía y empuje en la agenda de guerras por la Independencia.

La historia es un recurso del que los oficialistas echan mano sin mayor conflicto moral. Son felices en su desconocimiento. La sesión especial de la AN estuvo repleta de incongruencias, muestra de una élite que se ha dedicado a reescribir cualquier detalle para ajustarlo a su obra y gracia.

Tan devaluado el Poder Legislativo, que nada se habló de los problemas del país y menos de Anzoátegui. Los pendientes de la región fueron desmerecidos por una camarilla que reía, cantaba y bailaba desde el estrado, evidencia de un buen humor que sigue intacto, rallando en la burla canallesca ante un país que se desmorona sin contemplaciones.

Con el calor oriental aderezando el espectáculo, en el que ningún parlamentario habló para que la directiva se evitara eventuales tensiones generadas por la disidencia, se hicieron notorias las diferencias entre los alcaldes oficialistas de Anzoátegui y las muy insatisfechas autoridades del partido único de gobierno.

El chavismo movilizó gente de todos los municipios, también llegaron autobuses de Monagas. Aquello se hizo un tumulto de policías y militares que rodaban por las calles recién pavimentadas con un asfalto que no pasaba de un centímetro de espesor.

La suerte de religión que pregona el gobierno colocó sus imágenes por todas partes. El presupuesto de la AN no se gasta en mejorar su deficiente labor, sino en continua propaganda. Hasta la iglesia fue cubierta con ropas alegóricas a Chávez, Maduro, Bolívar y Zaraza. Éste último fue el héroe más nombrado. No se mencionó una palabra sobre la gran crisis nacional. Los términos “escasez”, “desabastecimiento”, “hampa”, “salud” y “producción” fueron reemplazados por “guerra económica”, “fascismo”, “imperialismo” y “patria”.

Al terminar la sesión, los presentes caminaron hacia el monumento. Cuando inició la marcha en línea recta se comprobó lo esperado: poco pueblo, mucho uniforme. Aquello era un desfile de burocracia. Desde una esquina, dijeron: “antes se trancaban estas calles de gente, vea usted ahora ese apoyo al gobierno. Nadie, un grupito de los mismos”.

Quizá ése es el legado, el desprecio que tienen los de abajo para con los que se acomodaron arriba. La herencia de tanto confeti histórico, tanto circo sin pan, es el rechazo y la deserción.

 Nunca se hicieron tan propicias dos líneas del Dr. Mario Briceño-Iragorry, como en aquel momento: “La historia sirve para pintarnos el proceso doloroso por medio del cual se desvió el paso cívico, y los dirigentes encargados de iluminar caminos, le marcaron rumbos obscuros a la colectividad. Pareció a muchos que era más cómodo buscar un hombre que buscar un pueblo”.

 

            Ángel Arellano

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