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El signo de las parlamentarias. Por: Richard Casanova / @richcasanova

Pensar que los venezolanos nos estamos acostumbrando a esta pesadilla “roja rojita” o culpar a los bachaqueros de la escasez, son algunas ideas inducidas por el hamponato gubernamental. Al gobierno le complacería que el conformismo minara el espíritu de lucha del pueblo venezolano y que está tragedia se hiciera hábito, pero otra es la realidad: nadie se acostumbrará jamás a la escasez, al alto costo de la vida, a losapagones o en general, a los pésimos servicios públicos. Nadie puede acostumbrarse a perder a sus seres queridos a manos del hampa, ni a sentir amenazada su propia vida en cualquier calle o en un hospital.   Aquí nadie se acostumbra, la procesión va por dentro.  Por otra parte, el gobierno ha optado por echar la culpa de la escasez a los bachaqueros, o sea al pueblo que -ante la crisis- busca sobrevivir revendiendo productos que no se consiguen en el mercado. Los bachaqueros aprovechan la oportunidad que brinda la escasez, no la generan. La crisis es una responsabilidad exclusiva de este gobierno fracasado, inepto y corrupto. 

La idea de estarnos acostumbrando está asociada a la aparente apatía de la población ante los desmanes del gobierno. Deseosos de una reacción popular, muchos confunden con conformismo la serenidad de la gente al hacer largas colas sin protestar, obviando los centenares de videos que circulan en las redes sociales con saqueos y golpizas entre compradores. En todo caso, si usted no tiene más alternativa que hacer la cola porque necesita el producto para su familia o porque necesita subsistir “bachaqueando”, sabrá que expresar su rabia no es una solución.  Para decirlo en criollo, su “arrechera” en la cola de hoy será inútil, sobre todo si sabe que tendrá que hacer otra mañana y que el gobierno es incapaz de superar la crisis.  Por supuesto, si después de una larguísima cola y sortear otros obstáculos, usted consigue el producto que necesitaba, es lógico que sienta cierta satisfacción.  En revolución, comprar un pote de leche o un kilo de harinapuede ser un gran logro. Sin embrago, será una alegría pasajera, la realidad es dura y recurrente: muy pronto estará ansioso porque le faltan muchas cosas por comprar y no se consiguen; frustrado porque no le alcanza el dinero; angustiado porque la inseguridad sigue galopante; aterrado cuando vaya a un hospital o exasperado cuando deba comprar una medicina o algún repuesto. Lo que crece día a día es la indignación.

Siempre se ha dicho que el venezolano “es muy vivo”.  La viveza criolla es parte de nuestra tragedia como sociedad pero ella tiene otra dimensión esencial que en estos momentos debe valorarse: el sentido de oportunidad.  La gente sabe que no gana mucho cerrando una calle o quemando cauchos, aprovecha el tiempo para sobrevivir pero espera un momento para pasar la factura.  Se siente humillado en una cola que antes no tenía que hacer, agredido constantemente pero sabe que vendrá un momento para cobrársela sin ponerse en riesgo. De pronto, tal como sucedió con Hugo Chávez, un líder se convierte en vengador o unas elecciones en la oportunidad esperada, quizás el voto castigo sea el signo en las parlamentarias.  En fin, que el gobierno sepa que nadie se acostumbra, ni le cree los cuentos y que todo el mundo lo “espera en la bajadita”.