Sobre dictadores acobardados; por: María Alejandra Malaver / @malemalaver

Las páginas de la historia están repletas de dictadores que, a pesar de su fama de hombres fuertes y sin compasión, terminaron acobardados y huyendo frente a la decisión popular de cambio.

Cuando el pueblo toma la determinación de luchar por su libertad no existen obstáculos y amedrentamientos que dobleguen la voluntad de transformación de las sociedades.

Hemos visto como dictadores de toda índole se escudan detrás de ejércitos y material bélico para no darles la cara a los pueblos que dicen gobernar. Y este es el caso de Nicolás Maduro.

Venezuela padece un régimen de facto, un sistema totalitario que día con día se aferra más a la idea de la hegemonía y eternización en el poder.

Pero, esto no es nada nuevo en los anales de la historia. En América, en África, en Europa, en Asia en todos los rincones del mundo hemos presenciado, en diferentes épocas y estilos, como dictadores se hacen con el poder a cuesta del sufrimiento de sus respectivas nacionales.

Durante su reino hacen y deshacen, violan los Derechos Humanos, se entregan a los goces inmorales de la corrupción administrativa y moral, sin embargo cuando le llegan los tiempos de pagar deudas y de ajustar cuentas con la sociedad que maltrataron se acobardan.

El dictador es valiente, gritón, fanfarrón, y en el caso venezolano hasta bailarín, siempre y cuando se encuentre protegido por sus ejércitos, grupos de choques armados (en Venezuela hablamos de los Colectivos y la Milicia) y por sus alianzas internacionales.

No obstante, cuando se quedan huérfanos y las bases de apoyo se empiezan a quebrar, como está sucediendo en este momento en Miraflores, vemos como los dictadores se ablandan rápidamente y sólo queda de ellos el balbuceo de sus amenazas, el tartamudeo de sus insultos  y el temblor de sus sueños de poder absoluto.

Se acobardan, y en medio de su temor desatan su más cruel personalidad. En este punto comienza la represión, la radicalización y la destrucción de todo lo que lo rodea.

Los dictadores acobardados se ciegan y sacan sus garras oxidadas para tratar de mantenerse en el poder por mucho más tiempo.

Los dictadores en sus últimos días muestran su cara más tétrica, desatan sus bajas pasiones y se dejan dominar por el miedo.

Y Maduro baila en televisión porque en verdad está acobardado; él se ríe de sus malos chistes para ocultarse su propia y catastrófica orfandad.

El dictador está atrincherado en el centro de Caracas, perdió el escenario internacional, perdió la calle, perdió el sentido común, sólo se aferra a un poder que se le escurre por los dedos de las manos.

No obstante, los demócratas no podemos ceder, quienes queremos la mejor Venezuela no podemos desmayar; con estrategias pacíficas y con tácticas cívicas lograremos el cambio para nuestra amada nación.

“El que se cansa pierde”, como nos lo dijo Leopoldo López, no podemos cansarnos, estamos obligados a vencer.