¿Y qué vamos a hacer cuando salgamos de esto?; por: Carolina Jaimes Granger / @cjaimesb

Más temprano que tarde saldremos de esta pesadilla. Tanto la presión interna como la externa son cada vez más fuertes. El régimen está haciendo lo que todo arrinconado hace: dar sus últimos chillidos y patadas, porque sus personeros están conscientes de que si pierden el poder perderán también su capacidad de maniobra, de sobrevivencia y escapatoria. Pero más allá de esto, que todos sabemos, me hago la pregunta de las ochenta mil lochas: ¿habremos aprendido la lección que nos trajo esta “revolución”?…

Cuando salgamos de esto, no tengo duda de que lloverán inversionistas, nacionales e internacionales, y que del foso económico saldremos relativamente en un corto tiempo. Pero si bien parte de nuestra crisis es económica, no es la peor. Tampoco es la política, aunque en ese campo tendremos que depurar también, porque si no corremos el riesgo de caer aún más bajo de lo que estamos ahora. Tenemos claro que el fondo no tiene fondo y sí, podemos estar peor. El Poder Judicial es el primero que debe renovarse. Ojalá que juristas honorables se postulen para los cargos de magistrados. Hemos visto el daño que hace tener jueces al servicio del poder y no de la justicia. Pueden hasta dar un golpe de estado. Los magistrados, además de currículum, deben cumplir con un baremo: no haber sacado sus títulos de una caja de Ace, mucho menos poseer antecedentes criminales. Que se acabe con los jueces que se venden al mejor postor, como sucede ahora más que en ningún otro tiempo.

Ni hablar de la Contraloría General de la República, un ente inexistente en estos últimos diecinueve años. Si no hay controles, la corrupción continuará rampante destruyendo la esencia del país. Tiene que haber sanción social también. No es posible que el dinero lave todo. Y cuando digo “todo”, es “todo”. Quienes aceptan la corrupción son corruptos también. Nadie deja de ser corrupto porque nos invite ni porque sea el amigo que “aprovechó la oportunidad que le dio la vida”. Ése no es un “vivo”, es un ladrón. Y un ladrón es un ladrón en toda la extensión de sus seis letras, sin eufemismos. Y dentro de esos ladrones incluyo no sólo a los chavistas, sino a los opositores que vendieron su alma al diablo e hicieron negocios con el régimen, como los bolichicos. Pero ellos no son los únicos.

El Poder Electoral tiene que ser modificado totalmente. No pueden ser rectores quienes militen activamente o tengan sobradas simpatías hacia un partido en particular. Nuevamente, el tema de la honorabilidad vuelve al tapete. Y tiene que volver, porque nuestra peor crisis ni siquiera es la social: es la moral. En Venezuela se perdieron todos los valores. Fue la esquizofrénica estrategia de Hugo Chávez para mantenerse en el poder. Chávez permitió que sus adláteres se corrompieran para luego tenerlos con la cuerda corta. Se alió con lo peor del mundo y acabó las relaciones con nuestros aliados tradicionales. Encima, su discurso y sus actos desvalorizaron el trabajo, uno de los peores daños que se le puede hacer a una sociedad. Sí, Hugo Chávez dividió para vencer y a una mitad del país lo convenció de que lo que no tenía, era porque la otra mitad se lo había quitado. La gran falacia. Y encima, él era el vengador. Para Chávez no había tal cosa como una vida de esfuerzos y méritos… Tomó lo que quiso, dispuso de lo que le vino en gana (¿recuerdan el “millardito”?), acabó con PDVSA, arruinó al país. Y encima, nos dejó a Nicolás Maduro, la persona más inepta después de él…

Con el cuerpo diplomático venezolano habrá que hacer caída y mesa limpia, desde la cancillera para abajo. Reprofesionalizarlo. Que se acabe el turismo ideológico a cuenta del tesoro nacional.

Por último, el tema de los militares. Mi propuesta es que como no han servido para nada bueno en diecinueve años, no los necesitamos. Los militares venezolanos en su gran mayoría (para no ser injusta con los pocos honorables que quedan) son corruptos y arrastrados. El megapresupuesto que tiene el Ministerio de la Defensa habría que dárselo al de Educación.

Cuando salgamos de esto, tendremos que vernos en el espejo y preguntarnos qué hicimos mal o qué dejamos de hacer para haber vivido esta locura. Con franqueza y sentido crítico. Averiguar qué parte de nosotros está en los polvos que trajeron estos lodos. No volver a vivir de espaldas al país. Darle a la educación la prioridad y la importancia que se merece. Y entonces, sólo entonces, podremos empezar de hablar de futuro.