Dictadura Militar; por: Octavio Lepage

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En Venezuela ya existía una dictadura, el Decreto de Excepción simplemente lo confirma. Ese decreto le abre los ojos a quienes todavía abrigaban esperanzas en el diálogo y lo consideraban viable. Quien sí debe estar estupefacto es Su Santidad el Papa Francisco, en quien es visible la preocupación por la situación venezolana, y quien sin duda venía abrigando esperanzas de que el Vaticano pudiera ser un intermediario para restablecer la convivencia democrática en Venezuela.

Nos preocupa particularmente que el decreto faculta a Maduro para “tomar medidas para asegurar que el sector productivo privado produzca, comercialice y distribuya insumos y bienes a la población”.

Maduro había sintetizado en una frase, un slogan, su posición en cuanto al sector privado de la producción: “planta cerrada, planta tomada”. No serían las primeras, pues Chávez expropió sin indemnización miles de empresas industriales. Las muy pocas que han sobrevivido trabajan a media o a un cuarto de máquina, como se dice popularmente. El destino de las que pueda ocupar Maduro no será distinto, pues las comunas han evidenciado que no están preparadas para manejar empresas, ni siquiera sencillas, mucho menos complejas. Lo que busca Maduro es presionar a los propietarios de esas empresas para que con sus propios dólares importen los alimentos y medicinas que hacen falta, y que los venezolanos esperan con impaciencia, y que deberían ser garantizadas por el Estado. Si esta locura se ejecuta, las pocas empresas que sobreviven también se desintegrarán; y cuando llegue el momento de iniciar la recuperación en materia industrial tendríamos que comenzar de cero. Como se ve, una situación trágica que no es posible tolerar. Algo tendremos que hacer para evitarlo.

En lo político, el decreto busca imposibilitar el Referendo Revocatorio. Maduro y su gente no se conciben fuera del gobierno. Han causado tanto daño que les da pavor verse en la calle. El Decreto de Estado de Excepción nos obliga a acentuar nuestra presencia crítica y contestataria en la calle, evitando a todo trance que pueda cundir el desaliento y, mucho menos, la resignación.

Por el momento, lo más importante es el Referendo Revocatorio. Sin rubor, los voceros oficiales insisten en que no habrá revocatorio. Eso está por verse. La solicitud de referendo tiene respaldo nacional impresionante, de manera que el respaldo a la continuidad de Maduro es insuficiente, da pena ajena.

Conocidos expertos en elecciones sucias, en fraudes electorales electrónicos, en compra de votos, en intimidación física a los votantes, esos que disponen de activistas motorizados para intimidar a los electores en las colas, los que no permiten acceso a la sala de totalización a observadores calificados de la oposición, están al frente de la campaña para torpedear el revocatorio. Ellos hacen mucho ruido, pero tienen poca audiencia. Ellos van a conducir a Maduro a la sepultura política.

Situándonos en el mapa político latinoamericano, el caso de Venezuela es penoso. En los últimos días hemos visto la aprobación parlamentaria al juicio político contra Dillma Rousseff, presidenta reelecta de Brasil. El juicio se condujo sin grandes contratiempos, y la instancia correspondiente dispone de seis meses para confirmar o anular la decisión contra ella. Así funciona la democracia. Por desgracia, aquí estamos en dictadura.