El control de la comida; por: Omar González Moreno / @omargonzalez6

Maduro y su banda están convencidos de que efectivamente puede convertir a todos los venezolanos en una especie de cardumen de mendigos.  Muertos de hambre que se arrastran, como un río de fieles y dóciles pedigueños, con las manos extendidas hacia arriba para que le echen comida en los destartalados abastos y supermercados de la red pública.

Tal parece que era el propósito de la inescrupulosa medida de obligar a las industrias de alimentos privadas a entregar hasta el 100% de su producción a Pdval, Mercal, Abastos Bicentenarios y cualquier otro centro de distribución de alimentos controlado por el gobierno, bajo la premisa de que quien controla la comida,  controla al pueblo.

A última hora parece que tuvieron que echar para atrás la decisión que vienen cocinando desde hace años, los llamados “perros hambrientos del alto gobierno”. Por lo menos eso fue lo que informó en su página web la noche anterior del último fin de semana largo, la Superintendencia Nacional de Gestión Agroalimentaria (Sunagro) 

El escueto mensaje redactado de manera muy similar a una nota de duelo, uno de esos escritos salpicados con gotas de tristeza,  dice lo siguiente: “Sunagro cumple con el deber de  informar que deja sin efecto la orden de redireccionamiento de la producción privada de alimentos anunciada esta semana por las autoridades”.

¿Qué pasó? No lo explican. Pero  analizar el intento de hacerlo es una obligación ineludible, dadas las gravísimas implicaciones que una medida de tal naturaleza tiene para la población venezolana y  porque estamos convencidos de que, en cualquier momento, las bestias que nos  desgobiernan la aplicarán sin anestesia. 

La destrucción del aparato productivo, el control de cambio, el control de precios, la devaluación, la inflación, la inseguridad, el uso de la fuerza y de todos los poderes del estado no han sido suficientes para el completo control de la voluntad de los venezolanos. Por eso, el régimen está planeando utilizar el chantaje con la alimentación diaria para tratar de arrodillar a la nación entera. 

La cuenta que sacan es muy simple. Al apropiarse de la producción de alimentos de los privados, que representa el 80 por ciento de lo que consumimos, obligan a 30 millones de bocas siempre abiertas a realizar colas cada vez más largas y terminan de quebrar a centenares de negocios, con el consecuente aumento de desempleados que se verán obligados a depender inexorablemente de los mendrugos que les tire el gobierno.  

Seguramente, la cúpula oficialista se frota las manos convencida de que ha descubierto la pólvora.  Un artilugio alquímico lo suficientemente potente como para darles el anhelado dominio del alma y el corazón del pueblo venezolano. Creen que el hambre acumulada sería una especie de elíxir que convertiría a millones de compatriotas en maniquíes que no representen ningún peligro para que ellos, una minoría, sigan enriqueciéndose cada día más.

Llegaron a un nivel de rechazo e impopularidad que ya nada les importa.  Están conscientes de que no han sido suficientes las balas de los colectivos ni de los esbirros de los cuerpos de seguridad del estado, ni tampoco la poderosa maquinaria comunicacional al servicio del régimen, ni las confiscaciones, ni la destrucción de las instituciones, ni las inhabilitaciones y demás recursos deshonestos utilizados durante estos 16 años para someter al  rebelde pueblo venezolano. 

Comprenden perfectamente que a pesar de que la lucha ha sido desigual, la vocación democrática de la mayoría de los ciudadanos de este país ha resultado indestructible. Por eso proyectan usar esta arma que presumen mortífera. El control de la vianda. Te arrodillas o te mueres de hambre. Creen que así podrán, al fin, someter al colectivo a su antojo. Como lo hicieron otros dictadores en otros países.

La estrategia del régimen consiste en cambiar comida por apoyo.  Consideran que así pueden ganar las parlamentarias del 6D y cualquier otra consulta que se presente en el futuro. Quien controla la comida controla al pueblo, se repiten una y otra vez. En sus conciliábulos sostienen que ese pertrecho es capaz de convertir en autómatas a los indómitos venezolanos.

Así de admirablemente sencilla y cínica es la fundamentación de la medida  que quisieron implar ahora y que obligaba a las industrias de alimentos privadas a entregar hasta el 100% de su producción a los abastos y supermercados del gobierno.

 Lo más ruin es que esta despreciable idea ni siquiera es inédita. Está inspirada en un maquiavélico político que prestó servicio al gobierno norteamericano como Secretario de Estado, Henry Kissinger, quien acuñó esta perla: “Quién controla la distribución de la comida, controla la gente…”