Nuevos ricos. Viejos pobres. Por: Ángel Arellano / @angelarellano

Mientras apunta con maestría el certero machetazo que corta un lateral del coco, el coquero ha resuelto sazonar la conversación con una frase popular: “ahora todos somos más pobres”. Quien espera la cocada es una cincuentona jubilada, de esas que el Estado abandonó a su suerte negándole el pago de sus prestaciones sociales por retaliación política.

“¿Pobres?”, respondió la doña. “¿Dijo pobres? Ciertamente ahora somos más pobres, mi hermanito. Más pobres, porque nunca dejamos de serlo. Pero no todos son pobres con esta crisis. ¿O tú crees que nadie se ha llenado los bolsillos?”. El coquero extiende su mano, sirve la crema que mezcló en la licuadora y agrega un intento de arequipe hecho con azúcar que procuró por medio del bachaqueo a falta de leche condensada: “en eso la acompaño. Aquí todos los días llega gente que antes andaba mamando y ahora se bajan de camionetas ‘virgas’ de paquete. No como nosotros doña, que estamos mamando y locos”.

Galeano reflexionaba en “Las venas abiertas de América Latina”, su obra más famosa, sobre la desigualdad de origen entre el nuevo continente y la vieja Europa. Parafraseo: si existen algunos ricos es porque hay otros pobres… otros muchos, otros en demasía; fuimos explotados por la existencia de unos depredadores que se lucraron a sus anchas; si perdimos fue porque otros ganaron. Tales expresiones quedaron confinadas a la penumbra. Ese fue el destino que el autor dio a su libro poco antes de morir.

No obstante, vienen al caso las reflexiones sociológicas de Galeano por el punto en el que concuerdan la doña jubilada y el coquero: no todos somos pobres porque hay algunos que se hicieron ricos.

Cuando Jorge Giordani, ministro y mentor de Chávez, comisario de la planificación y ejecución del “Socialismo del Siglo XXI”, dijo a la sociedad que los beneficiarios de la corruptela en el sistema cambiario estatal se habían robado 25 mil millones de dólares, quedó en evidencia la cualidad del régimen. Si hoy hay un vacío a falta de esos recursos (y muchos más) es porque otros los tomaron, y éstos, a diferencia del común denominador, no están sufriendo. “Se los están rumbeando”, sintetiza el argot popular.

No hay hombre en el gobierno que no esté salpicado por la crónica diaria de la corrupción. No hay figura, por más impoluta y santa que pretenda mostrarse, que no aparezca en algún expediente, algún informe de un caso de desfalco al erario público. El chavismo tiene una nómica entera inmiscuida en la larga, larguísima, cadena de corrupción que ha patrocinado la Revolución Bolivariana. El socialismo socializó el atraco a las arcas del Estado. Gentes que antes eran mortales ahora sienten que compraron un puesto en el Olimpo con los petrodólares que labraron en el algún guiso. Ostentan, derrochan, restriegan en la cara de todos sus nuevas riquezas.

 Si muchos estamos haciendo colas bajo el sol, angustiados por la escasez y agobiados por la desinversión en todos los sectores de la vida económica, es porque algunos no lo están. Y esos algunos son la causa del lamento. O no. No son la causa, sino la consecuencia. Pues, en resumidas cuentas, un sistema que ha promovido la división de clases, el odio entre hermanos, la extinción del empresariado y el extrañamiento de la productividad, sólo abrió las puertas a los amigos de lo ajeno, a quienes colocó en puestos de comando y son los ricos de hoy, los nuevos ricos. Mientras, los más, somos pobres, viejos pobres.

Ángel Arellano

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