La guerra total; por Laureano Márquez / @laureanomar

La verdad que aquellos que dicen que no podemos hundirnos más, que hemos tocado fondo no pueden estar más desatinados. Están -para decirlo en criollo- “más pelaos que rodilla e ‘chivo”. Uno ve las informaciones y pareciera que la III guerra mundial está a punto de comenzar ¡y en Venezuela! Subrayemos los escenarios bélicos que, de manera simultánea, se han puesto de manifiesto en los últimos días:

I

En primer lugar estamos en guerra fría permanente con los gringos, nuestro archienemigo fundamental, a la vez que principal cliente. Con ellos estamos en alerta bélica constante, porque -según nuestro gobierno- se espera una invasión de un momento a otro, al punto de que hasta ensayos y entrenamientos se han realizado para planificar como será nuestra respuesta militar cuando ellos decidan poner en práctica el supuesto plan.

II

Nuestra situación militar con Colombia se puso crítica también esta semana: un avión militar de ese país hermano entra a territorio venezolano (sin permiso, se supone, porque de otra manera no se justificaría el reclamo por nuestro lado) y se lleva a Felipe González. Es muy curioso ver al presidente pidiéndole explicación al gobierno de Colombia por el avión que aterrizó aquí, cuando lo lógico tendría que ser que él explicara -como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas- cómo es posible que un avión militar de otro país llegue a Maiquetía y despegue llevándose a tan preciada presa sin autorización de nadie y sin haber sido detenido o derribado. En todo caso, hay también con Colombia un estado de confrontación, que involucraría a España de la que González fue presidente y ya se habla de las potencias del eje: Madrid-Washington-Bogotá.

III

Por su parte, el gobierno de Guyana, aprovechando la confusión reinante, también se dejó de cuentos. Tomando debida nota del clima de caos que nos rige, con premeditación y alevosía, decide -“motu proprio”- tomar posesión plena de la zona en reclamación, entregando concesiones por su cuenta, de manera inconsulta. Como si esto fuera poco, los diarios de ese país recogen las declaraciones retadoras del brigadier Phillips: “Army ready, able to defend Guyana’s territorial integrity”, lo cual constituye una auténtica amenaza de guerra. Aunado a ello está el detalle de que la nación que conduce nuestros destinos ha hecho en el pasado (1981) públicas afirmaciones de que ellos consideran que la zona en reclamación pertenece a Guyana y una exigencia venezolana sobre ese territorio sería expansionismo nuestro. Es decir que Cuba podría entrar también en el conflicto, pero a favor de Guyana.

Súmele a lo anterior las infinitas guerras internas que sufre el país, como consecuencia de las acciones opositoras que el gobierno ha denunciado oportunamente:

Guerra económica

Guerra de medicamentos

Guerra comunicacional

Guerra eléctrica

Guerra vial

Guerra hospitalaria

Guerra aérea

Guerra de narcotráfico

Guerra del transporte publico

Guerra del dólar yesterday, today y tomorrow

Guerra de papel tualé…

Como puede verse, el panorama es tétrico, pero sin duda alguna, la peor guerra a la que se enfrenta Venezuela, la más temible desde mi punto de vista, es la guerra consigo misma, con su destino y con su futuro. La encabeza el hampa, que deja cientos de muertos -reales con historias y porvenires frustrados- cada fin de semana, que tiene armamento de guerra, incluyendo granadas que usaron la semana pasada en la Cota 905 y controla, además, franjas del territorio nacional, como el caso de San Vicente en Maracay, que ahora es zona en reclamación, pero por parte de la delincuencia. Nada extraño sería que los malandros se pusieran de acuerdo con la Exxon y lograrán un convenio de explotación petrolera en las adyacencias del lago de Valencia y desde allí, cual ISIS tropical, comenzaran la reconquista del país.

Si todo lo enumerado no fuese tan trágico, podría dar lugar a una desternillante comedia de enredos, de guerras y contraguerras, de ejércitos que se confunden con hampa y hampa con ejércitos. La verdad es que la nación se desdibuja en todos los elementos que la constituyen, desde la población hasta el Estado, pasando por todas nuestras instituciones, tanto las de togas, como las de uniforme, que en estos tiempos vienen a ser lo mismo. Si la cosa sigue así, además de despoblados, terminaremos quedándonos sin territorio. Seremos como los judíos en tiempos de la diáspora, un pueblo errante entre las naciones, todos con franjas blancas de zona en reclamación pintadas en nuestros cuerpos, desde la cabeza a los pies para recordar que nuestra alma no abandona el reclamo de un futuro floreciente, pleno, de progreso, esperanza, justicia y libertad.

Vía: Runrunes