Escasez de buenas intenciones. Por: Ángel Arellano (@angelarellano)

La radio es un vaso comunicante del quirófano en el que se convirtió el país. Todos los días, a toda hora, los pocos noticieros y programas que se atreven a dar informaciones independientes, incómodas y preocupantes, emiten sucesos alarmantes. Historias, que de no ser en Venezuela, fueran poco creíbles. La voz de un señor mayor expresa con vehemencia la intolerable situación de deterioro que muestra el sistema de salud público y privado en el país. Su cuento, que es el relato de todos los habitantes del quirófano, carece de esperanza, y, por el contrario, enciende las alarmas del menos atento.

Desde hace un par de años, los ruidos de la bocina han comentado el colapso de los hospitales y clínicas. La carencia de insumos, la falta de dotación, el alto costo del inventario y la migración de profesionales calificados ha sido el contenido de aquellos lamentos desatendidos que emiten sin descanso los representantes del sector. La situación inició el cobro de vidas de los ciudadanos que por alguna razón, producto del caos económico, no han podido tener acceso a la intervención médica. Más de 50 personas murieron esperando por el tratamiento para el cáncer, de acuerdo a las estadísticas de un solo hospital caraqueño. La misma enfermedad que se llevó al Galáctico (atendido en Cuba, con los mayores honores y gastos), y que hoy está esparcida por todo el territorio, es una de las que ataca con mayor fuerza la integridad de miles de venezolanos. Vivimos en la desesperación de no encontrar los medicamentos obligatorios para esta y otras recetas.

De 27 productos que exige el récipe de los pacientes con cáncer, se pueden encontrar en el país, con suerte, cuatro o siete. La importación, mecanismo de adquisición absoluta de estos insumos, está paralizada. El doctor Cristino García, presidente de la Asociación Venezolana de Clínicas y Hospitales, expresa que “hoy, 27 de enero, no hay una sola orden de compra colocada del sector salud privado”.

Para desgracia de todos, no hay medicamentos acumulados en galpones ni bodegas. El sistema de salud subsistió durante 2014 con las reservas de 2013, y éste a su vez operó con lo heredado de 2012 y el gigantesco despilfarro de dólares que posteriormente el Ministro de Planificación calificó como necesario para ganar las últimas elecciones presidenciales del Supremo.

 Las fundaciones dedicadas al trasplante de órganos han colapsado. Las asociaciones civiles que donaban medicamentos a hospitales y ambulatorios rurales eliminaron ese ítem de su programación anual. Cuando no quiebran y cierran totalmente, las clínicas desincorporan servicios especializados. Las farmacias que promovió el gobierno terminaron siendo un amasijo de burocracia, locales vacíos y tristeza.

El régimen no ha hecho ni hace nada para cambiar la realidad. Mejorar, o por lo menos estabilizar la situación, no está en la lista de prioridades. Con este panorama, el venezolano parte a buscar remedio a su dolencia, perdiendo un día de trabajo para revisar ocho, doce, quince dispensarios sin éxito. Volvimos a los brebajes, hierbas y menjurjes de antaño, persiguiendo cura a una desgracia que no cesa.

Una señora mayor murió en la cola de una farmacia mientras esperaba para comprar la “pastilla de la tensión”, noticia que se desprende de aquel título: “falleció bebé de meses luego de trifulca en cola de Farmatodo”. La radio es atravesada por una frase fulminante. García sentencia el diagnóstico de lo que sucede con el gobierno y el sistema de salud: “La escasez es de raciocinio, de sentido común y de buenas intenciones”.

Ángel Arellano

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